Pausa

Pausa

3 septiembre, 2019 5 Por Diana M.

Sucede una tarde de domingo, alguien decide que se ha cansado de la rutina en casa y emprende camino hacia la cafetería más cercana, se alista con el efectivo necesario y un libro que estaba desde hacía meses coleccionando polvo en la mesita de noche y que, por razones aún desconocidas tuvo la fortuna de cruzar miradas con el fugitivo del hogar. Al llegar al café, el fugitivo se siente raro, es la primera vez que se anima a salir solo, es pionero dentro de su propia aventura. Mira el menú sobre la pared plagado de nombres raros que no entiende, duda. La dependiente le sonríe “¿qué se te antoja?” Se pone nervioso “un café sencillo, por favor”, se siente tonto, seguro ya nadie ordena esas cosas. Le entregan su bebida, toma asiento y mira a los demás comensales tan cómodos en un hábitat que a él le resulta demasiado extraño y nuevo. Mientras se acomoda para retomar la mutilada lectura que lleva consigo se da cuenta de que va a comenzar a llover y que no llevó las precauciones necesarias como una sombrilla para su aventura, en fin, tendrá que quedarse más tiempo allí consigo mismo y una taza que quema al tacto. Abre el libro justo donde tenía el separador “¿De qué trataba todo esto?” decide volver a empezar, nota que empieza a llover, que hace frío, se siente incómodo al recordar que es la primera vez en ¿años? que está solo en un lugar así, ya ni siquiera había tenido tiempo para sentarse con él mismo a observar cómo transcurre el tiempo sin el torrente de presiones que siempre suele tener, de pronto la incomodidad parece esfumarse y en su cara se dibuja una sonrisa.

Mientras tanto la gente afuera pasa resguardándose de la lluvia con sus sombrillas, unos corriendo y otros disfrutando el clima, unos en compañía y otros por su cuenta, entonces el fugitivo comienza a preguntarse si de esto realmente se trataba la vida, si se componía de momentos como éste o si era lo que transcurría de prisa cuando uno va al trabajo o sale con colegas, se contenta con pensar “Sí, bien podría acostumbrarme a pensar que la vida es realmente vida en esos lapsos donde uno puede detenerse a disfrutar , donde uno puede poner un alto al estrépito de la cotidianidad y puede, gozosamente, sentarse a contemplar a los demás, contemplar todo lo que por el apuro se pierde en la masa del día a día, esos momentos donde uno se siente lo suficientemente tranquilo para pensar, para contemplar su circunstancia y a sí mismo.